Temas de Formación

EL ESPIRITU SANTO EN LA EUCARISTIA

 “ENVÍA TU ESPÍRITU SOBRE ESTE PAN Y ESTE VINO”
P. Guillermo Rosas ss.cc. / Doctor En Sagrada Liturgia

Breve o larga, sencilla o solemne, cotidiana o festiva, la eucaristía nos va regalando cada vez que la celebramos, al propio Jesús, cuya mesa compartimos siempre con alegría y gratitud, pero sobre todo con la conciencia de estar volviendo a entrar en el misterio pascual de su vida, pasión, muerte y resurrección.
La venida del Espíritu Santo en Pentecostés nos reafirma esa presencia de Jesús en nuestra vida y en nuestra liturgia. Él dijo a sus discípulos que no los dejaría solos, que les enviaría un defensor, un amigo. Es el Espíritu Santo, que juega un rol especial en la celebración de la eucaristía. En ella así invocamos al Padre: “Te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu”, y “que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo”.
Son oraciones que piden al Padre que su Espíritu venga, como en Pentecostés, a fortalecer a los seguidores de Jesús. En la eucaristía lo invocamos dos veces: la primera antes del relato de la institución, orando con las manos extendidas sobre el pequeño trozo de pan y el poco de vino que serán el cuerpo y la sangre de Cristo, y la segunda después del relato de la institución, sobre la asamblea reunida, que es, ella misma, cuerpo de Cristo.
Estas oraciones de invocación del Espíritu Santo se llaman “epíclesis”. La palabra viene del griego “epi” y “kaléo”, que significa “llamar sobre”, “invocar sobre”. El gesto de las manos abiertas, con las palmas hacia abajo sobre los objetos o personas destinatarias de la epíclesis, es el gesto propio de la invocación al Espíritu. Se llama, por eso, “gesto epiclético”.
Las dos epíclesis citadas más arriba pertenecen a la segunda de las trece plegarias eucarísticas del Misal. En la tercera, la epíclesis sobre la asamblea dice: “para que, llenos del Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu”. La cuarta plegaria eucarística pide: “Concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos, en Cristo, víctima viva para tu alabanza.” La quinta plegaria expresa la invocación, en sus cuatro variantes, con esta hermosa fórmula: “Señor, Padre de misericordia, derrama sobre nosotros el Espíritu del Amor, el Espíritu de tu Hijo”.
En las plegarias eucarísticas de la Reconciliación es donde las epíclesis sobre el pueblo tienen su mayor desarrollo. En la primera leemos: “Mira con amor, Padre de bondad, a quienes llamas a unirse a ti, y concédeles que, participando del único sacrificio de Cristo, formen, por la fuerza del Espíritu Santo, un solo cuerpo en el que no haya ninguna división”; y en la segunda se dice: “En la participación de este banquete concédenos tu Espíritu, para que desaparezca todo obstáculo en el camino de la concordia y la Iglesia resplandezca en medio de los hombres como signo de unidad e instrumento de tu paz”.
 Así, el Espíritu Santo irrumpe en cada misa con una doble tarea. En primer lugar, la de “santificar” los dones recién presentados del pan y del vino. Es decir, apartarlos de su uso habitual y consagrarlos a su sentido litúrgico: poco después serán el Cuerpo y la Sangre de Cristo que alimentará a su pueblo en el camino del discipulado. Se invoca al Espíritu para que esos sencillos frutos de la tierra y de la vida diaria, que son alimento del cuerpo, sean alimento del espíritu, fuerza para vivir el Evangelio.
En segundo lugar, se le atribuye al Espíritu Santo la tarea de crear y fortalecer en la Iglesia la comunión, la unidad, la paz y la concordia. Se lo invoca entonces como ese Espíritu de Pentecostés, que permite entenderse a la muchedumbre que habla en diversas lenguas, que crea entre los discípulos una comunión profunda, espiritual, más allá de sus diferencias humanas. La fórmula de la quinta plegaria, que lo invoca como “Espíritu del Amor”, evoca la carta de san Pablo a los Romanos, donde el apóstol afirma que Dios “al darnos el Espíritu Santo, ha derramado su amor en nuestros corazones” (Rom 5,5). El amor es el fundamento de la unidad de los creyentes.
 La liturgia oriental tiene un hermoso y sugestivo signo en el momento de la epíclesis sobre los dones: mientras el sacerdote la pronuncia, dos diáconos agitan sobre el pan y el vino un paño blanco. Viento, paloma, movimiento, vida…. eso es el Espíritu Santo, fuerza transformadora y presencia viviente de Dios en la liturgia y en la vida.
 Es bueno hacer un esfuerzo para profundizar la conciencia de la acción del Espíritu Santo en nuestras celebraciones litúrgicas. Él es el Espíritu del Amor, que nos congrega en asamblea de hermanos y hermanas, y aquél de quien decimos en el Prefacio de la misa de Pentecostés: “que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas; … el mismo Espíritu (que) sigue vivificando a tu Iglesia, e inspira a todos los hombres de buena voluntad que buscan tu reino.”

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