A la luz deLaborem Excercens, Doctrina Social de la Iglesia y Aparecida
Muy queridos Hermanos y Hermanas:
En la Carta Encíclica sobre el trabajo humano "Laborem Excercens", Juan Pablo II, presenta el trabajo humano como la "clave" de la cuestión social.
Nos dice el compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) "el trabajo pertenece a la condición originaria del hombre y precede a su caída (Nº 256)", es decir, no es un castigo o una maldición; sin embargo, se convierte en fatiga y pena a causa del pecado de Adán y Eva, que rompen su relación con Dios Creador (Cfr. Gén 3, 6-8). La prohibición de comer "del árbol de la ciencia del bien y del mal" (Gén 2, 17) recuerda al hombre que ha recibido todo como don y que sigue siendo una creatura y no el Creador, pues, el pecado de Adán y Eva es provocado por la tentación del demonio "seréis como dioses" (Gén 3,5). Por ello el suelo se volvió hostíl, ingrato, avaro (Gén 4,12), desde ahora el alimento de cada día se ganará con el sudor de la frente (Gén 3,17). A pesar de ello el designio de Dios sigue inalterable.
El mismo Jesús fue hombre de trabajo, en su predicación enseñaba a apreciar el trabajo, dedicó la mayor parte de su vida terrena al trabajo manual junto a su padre en la tierra, "san José" (Cfr. Mt 13,55: Mc 6,3), al cual estaba sometido (Lc 2,51). Él describe su misión como un trabajar: "mi Padre siempre trabaja y yo también trabajo" (Jn 5,17); y a sus discípulos como obreros en la mies del Señor, que representa la humanidad para evangelizar (Mt 9, 37-38). A éstos obreros se aplica el principio general según el cual "el obrero tiene derecho a su salario" (Lc 10,7).
Según todo lo ya expuesto "Cristo dignifica el trabajo y al trabajador", nos recuerda que el trabajo no es solo un paréntesis en la vida del hombre, sino que "constituye una dimensión fundamental del hombre en la tierra", por la cual hombre y mujer se realizan a sí mismos como seres humanos. El trabajo garantiza la dignidad y libertad del hombre, es "la clave esencial de toda la cuestión social".
En síntesis, hemos de dar gracias a Dios, por que su palabra nos enseña que a pesar del cansancio, que acompaña a menudo al trabajo, el cristiano sabe que si su trabajo es unido a la oración, aprovecha al progreso terreno, a la santificación personal y a la construcción del Reino de Dios (2 Tes 3,10).
También demos gracias a Dios por los talentos puestos al servicio de la humanidad, el estudio y la decisión de hombres y mujeres para promover iniciativas y proyectos generadores de trabajo y producción, que elevan la condición humana y el bienestar de la sociedad.
En este mes del Trabajo, dediquemos un instante a tantos hombres y mujeres, "testimonios vivos de esfuerzo y sufrimiento", que son capaces, con al gracia de Dios, de sacar adelante sus familias en un mundo adverso a los más débiles y necesitados.
Ellos son un ejemplo para todos los cristianos y para el mundo entero, pues, con su humilde trabajo, se han dignificado a sí mismos y hacen de este mundo un lugar mejor..