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LA COMUNIÓN EN LA EUCARISTÍA
P. Guillermo Rosas ss.cc. / Doctor En Sagrada Liturgia

¿En la mano o en la boca?
En las eucaristías actuales vemos a católicos que reciben la comunión en la boca y otros que lo hacen en la mano. ¿Cuál es la forma correcta?, se preguntan algunos. Y otros: ¿es falta de respeto recibirla en la mano?
Lo primero que hay que decir es que ambas formas son correctas, ambas están permitidas por la normativa litúrgica general de la Iglesia y ambas son igualmente respetuosas de la presencia del Señor. Por eso, no se puede obligar a la asamblea a comulgar de una u otra manera. Pero son dos formas bien distintas. Mientras la comunión recibida en la boca es una forma más nueva, que como gesto litúrgico expresa una mayor humildad y pasividad, la comunión recibida en la mano, forma original de la Iglesia, expresa una mayor iniciativa del creyente al recibir el don de la comunión. De ordinario estas connotaciones del gesto no son explícitamente buscadas por quien recibe la comunión. Expresan, más bien, espiritualidades distintas, y en muchos casos meras costumbres que no han sido reflexionadas con mayor detención.

La historia nos enseña
La más antigua tradición de la Iglesia conoce sólo la comunión recibida en las manos, con la única excepción de las personas enfermas y, más adelante, de los niños que no estaban en condiciones de tomarla por sí mismos. Esta forma está en continuidad con el gesto que con toda probabilidad realizó Jesús en la Cena del Señor, institución del sacramento de la eucaristía. Además, expresa de modo claro la doble iniciativa en el compartir el Cuerpo de Cristo: es esencialmente un don de Dios, pero necesita la iniciativa del creyente. Dios regala, y el cristiano recibe activamente ese don.
En los primeros siglos de la Iglesia, la forma de recibir la hostia en las manos es muy precisa: se cruzan las manos con las palmas hacia arriba, la izquierda arriba, y una vez depositada la hostia allí, se toma con la derecha y se lleva a la boca. Tertuliano, teólogo del siglo II, enseñaba a los fieles a hacerlo así, diciendo que las manos de los fieles eran el pesebre sobre el cual era colocado Jesús recién nacido. Cirilo de Jerusalén, por su parte, decía que con la mano izquierda debía hacerse “un trono para la derecha, que ha de recibir al Rey”.
Hasta el siglo IX se halla, como práctica general, sólo la comunión en las manos. Los primeros testimonios comprobados de un cambio son del siglo IX, cuando se comienza a prohibir la comunión en las manos. La razón de fondo está en un cambio en la espiritualidad de la época, cuya imagen de Dios, más que la de un Dios encarnado en Jesucristo, cercano y misericordioso, fue acentuando más bien su condición de Dios juez omnipotente y trascendente, ante el cual el ser humano, débil y pecador, sólo podía acercarse con un respeto y temor reverencial. Eso se expresó en una serie de actitudes corporales de reverencia, humildad y dependencia. En el ámbito de la comunión, se reverenció cada vez más las especies consagradas e incluso al sacerdote, intermediario privilegiado entre Dios todopoderoso y la criatura. Un sentimiento de respeto, entendido más como temor reverencial, llevó entonces a preferir la comunión en la boca, que expresaba mejor esa espiritualidad. Al mismo tiempo, el temor de que las “partículas”, pequeños fragmentos de la hostia,  o gotas de vino cayesen al suelo (en una época en que se comulgaba ordinariamente bajo las dos especies), fue sustrayendo poco a poco a los fieles de la comunión en la mano.
Finalmente llegó a prohibirse a los fieles la comunión en la mano, permaneciendo sólo como modo de comunión del sacerdote celebrante. Fue la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II la que restituyó a la Iglesia la forma originaria de comulgar, pero dejando la comunión en la boca plenamente vigente. Hoy en día, es el fiel quien decide cómo comulgar, y ni el celebrante ni el ministro de la eucaristía puede obligarlo a comulgar de uno u otro modo.
Sólo el obispo diocesano puede determinar la esclusión de una u otra forma de comulgar para su diócesis.

Recibir adecuadamente la comunión
Hay que aprender a comulgar bien, sea en la mano, sea en la boca, por respeto a la presencia viva del propio Cristo en su Cuerpo y Sangre. 
La forma adecuada de comulgar en la boca es: al llegar frente al sacerdote o ministro de la eucaristía, levantamos levemente la cabeza y sacamos la lengua para facilitar el que la hostia sea depositada sobre ella. Una vez que sentimos la hostia sobre la lengua, la consumimos con tranquilidad y respeto.
La forma correcta de comulgar en la mano es: al llegar frente al sacerdote u otro ministro de la comunión, ponemos nuestras manos una sobre la otra, en forma de cruz, con las palmas hacia arriba, la mano izquierda encima de la derecha.  El ministro deposita la hostia sobre la palma de nuestra mano abierta, de donde nosotros la tomamos con la derecha para llevarla a la boca y consumirla inmediatamente. No es bueno, como se ve a menudo, que el fiel tome por sí mismo la hostia de la mano del ministro. Ello obliga al ministro a extremar el cuidado para que la hostia no caiga, y descuida el simbolismo del pesebre o del trono que las manos forman para recibir al Señor Jesús.




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Lumen Fidei
Descripción: Primera encíclica de S.S. Papa Francisco
Publicado el: 09/09/2013
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