Intelectual

LA DIMENSIÓN INTELECTUAL EN LA FORMACIÓN DE LOS FUTUROS PRESBÍTEROS

LA DIMENSIÓN INTELECTUAL EN LA FORMACIÓN DE LOS FUTUROS PRESBÍTEROS

La formación intelectual es, como sabemos, una de las dimensiones formativas del Seminario, paralelamente con la humana, la espiritual y la apostólica. Es una dimensión entre cuatro distintas.

Pero... ¡cuidado!, porque es a través de esta distinción que se puede colar una imagen errónea de la formación intelectual: la de algo separado, independiente o autónomo respecto a las demás dimensiones formativas. Con la desventaja de que frente a la formación "humana" (¡sugerente...!), "espiritual" (¡preciosa...!) o "apostólica" (¡entusiasmante...!), la "intelectual" puede parecer la menos motivante o la más aburrida de las cuatro.

Cuando se mira la formación intelectual, en cambio, como una parte absolutamente inseparable y armónicamente integrada con las otras tres, se hace justicia a una realidad no siempre evidente: el Seminario quiere formar personas integrales, pastores que han madurado equilibradamente, en sus años de formación, los aspectos humanos, espirituales, intelectuales y apostólicos.

tomas_de_aquino1.jpgLo inseparables que son estas dimensiones se puede entrever en estos ejemplos:

· Sería imposible comprender el valor de la sobriedad en el vestir o la importancia de cultivar un lenguaje adecuado (formación humana) si no se fuera consciente de las implicancias psicosociales y culturales de la vestimenta y de la comunicación (formación intelectual);

· Sería imposible vivir adecuadamente la eucaristía como centro de la vida del Seminario o la oración personal como un valor fundamental del presbítero (formación espiritual) sin conocer y valorarla liturgia y la oración en la historia del cristianismo y de la Iglesia (formación intelectual);

· Sería imposible prestar un buen servicio catequético, decir una buena homilía o administrar bien una parroquia (formación apostólica) sin haber profundizado los contenidos y metodologías de la catequesis y de la homilética, y sin conocer los principios básicos de la administración parroquial (formación intelectual).

Por eso es necesario considerar siempre la formación intelectual como parte de una formación integral, que debe saber equilibrar sabiamente sus cuatro dimensiones.No se trata simplemente de llenarse de conocimientos, ni de aprender de memoria dogmas, conceptos o fórmulas. Se trata de adquirir, por medio del noble ejercicio del intelecto, don de Dios al ser humano, los conocimientos básicos para el ejercicio de un buen ministerio presbiteral(en el cual la dimensión profética y docente es fundamental), a la par con la adquisición más global de una madurez humana, espiritual y apostólica que permitan al seminarista hacerse ese "buen pastor" del rebaño que el Señor nos llama a ser.

¿Qué clase de párroco sería uno que conociera de memoria el derecho canónico, pero no tuviese el tino y la sabiduría de aplicarlo con prudencia y misericordia con el humilde fiel que a él acude? ¿O uno que diera clases sobre las Orientaciones Pastorales pero en su parroquia actuase con criterios propios y erráticos? ¿O uno que fuera experto en la historia de la Iglesia medieval, pero no buscase responder a los desafíos pastorales de la hora presente y del lugar concreto en que se sitúa su parroquia?002.JPG

La formación intelectual, a la cual el seminarista le da el tiempo más precioso y abundante de su día a día, no busca ni pretende formar bases de datos, sino hombres maduros que sepan reflexionar y conozcan los contenidos esenciales de la revelación divina y el riquísimo depósito de la fe que la Iglesia ha ido atesorando a lo largo de los siglos. Es cierto que hay un mínimo de contenidos que deben ser conocidos. Eso es parte inherente a la formación intelectual. Es cierto también que la memoria es un instrumento fundamental para esa adquisición. No se puede prescindir de la memorización. Es cierto, en tercer lugar, que la capacidad reflexiva es inherente al ejercicio intelectual. Sin preguntas no hay nunca verdadero conocimiento.

Pero todo eso: contenidos doctrinales, memorización de conceptos y capacidad reflexiva, está en función y al servicio de ese hombre entero que es pastor del rebaño. El fiel, en primer lugar necesita ser acogido, escuchado, comprendido y ayudado. Necesita un pastor que humana-, espiritual-, intelectual- y pastoralmente lo conduzca a una vivencia gozosa de su fe y a un compromiso consecuente con ella. La formación intelectual será parte de esa firme osamenta que estructura, sostiene y permite caminar al pastor en su misión como servidor del Evangelio.

Adquirir esa osamenta no es fruto de la improvisación. Se prepara pacientemente, a veces con sudor y lágrimas, en los años de Seminario. Puede que dentro de ese esfuerzo el que pide la formación intelectual sea el más exigente. Pero no es el único y, sobre todo, no está aislado del conjunto de la formación integral necesaria para servir mejor a la Iglesia del mundo actual.


P. Guillermo Rosas ss.cc.

Director de Estudios

Seminario Metropolitano de Concepción

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