Temas de Formación

LA MÚSICA EN LA MISA

PARA RENOVAR EL CANTO Y LA MÚSICA
P. Guillermo Rosas ss.cc. / Doctor En Sagrada Liturgia

De verdad…¿oramos dos veces?
Se cita con frecuencia, para referirse a la música litúrgica, aquella frase que dice: “Quien canta, ora dos veces”. Es una gran verdad. El canto y la música instrumental le dan a las celebraciones de la fe una calidad y emotividad que involucran a la asamblea desde las raíces de su cultura y de su sensibilidad. Se nos hace difícil imaginar una eucaristía o cualquier otra liturgia, sin cantos, sin voces e instrumentos.
Sin embargo, no es raro encontrarnos con dificultades: asambleas que no cantan aunque haya coro, falta de formación musical de los integrantes del coro y de la asamblea, coros espectáculo que saben de música y cantan bien, pero no ayudan a participar a los fieles, escasa renovación de los cantos, falta de creatividad en la forma de cantar, cantos inadecuados para la liturgia, improvisación en la preparación de los cantos, insuficientes cantorales, desmotivación por la rutina…

La historia nos enseña
Aunque la información detallada sobre la liturgia de las comunidades cristianas primitivas es escasa y fragmentaria, sabemos que en ella el canto siempre jugó un rol importante. El culto israelita del Antiguo Testamento, tal como aparece en la Biblia, integraba el canto y los instrumentos, como se percibe especialmente en las indicaciones y en el contenido de muchos salmos: “¡Canten alegres a Dios, que es nuestra fuerza! ¡Canten al son del pandero, de la dulce arpa y del salterio! Toquen la trompeta al llegar la luna nueva…” (Sal 81 [80], 1-3);  “¡Qué bueno es cantar himnos a nuestro Dios!” (Sal 147, [146-147], 1); “¡Alábenlo con toques de trompeta! ¡Alábenlo con arpa y salterio! ¡Alábenlo danzando al son de panderos! ¡Alábenlo con flautas e instrumentos de cuerda! ¡Alábenlo con platillos sonoros! ¡Alábenlo con platillos vibrantes!” (Sal 150 3-5).
La liturgia de los primeros cristianos es heredera de esta rica tradición. “”Canten y alaben de todo corazón al Señor”, aconseja san Pablo a los efesios (Ef 5,19). Y a los colosenses les dice: “Con corazón agradecido canten a Dios salmos, himnos y cantos espirituales” (Col 3,16). A pesar que los primeros cristianos, con toda intención, tomaron distancia del culto judío a partir de su fe renovada por el acontecimiento pascual, siguieron alabando a Dios con la música, porque esa dimensión está arraigada en la misma alma de todo grupo humano.
Los siglos posteriores demuestran que, en todos los lugares donde se fundaron, las iglesias cristianas integraron el canto y los instrumentos como parte esencial de la liturgia. Tal como aconteció con los textos y gestos, cada cultura en la que se encarnó el Evangelio fue expresando la fe con su propia sensibilidad y sus propias formas musicales. El largo desarrollo de la liturgia romana tuvo en el canto gregoriano una cima que marcó profundamente el canto litúrgico durante siglos. Asimismo, pasado un largo tiempo en que los instrumentos musicales estuvieron ausentes de la liturgia, se fue imponiendo el órgano como el rey de los instrumentos religiosos.
La belleza del canto gregoriano y del órgano, no bastó sin embargo para que mantuvieran su lugar preponderante después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. A partir de ella se valoró cada vez más la inculturación de la liturgia y sobre todo, la participación activa de los fieles en la celebración. Se diversificaron así las posibilidades de uso de instrumentos, y se estimuló el canto comunitario de la asamblea litúrgica, tal vez la forma más profunda de participación en la acción litúrgica común.

Para orar dos veces…
Cuidar la calidad de nuestros cantos, tanto en su letra como en su música, estimular a los compositores, formar personas que canten y toquen instrumentos, motivar a la asamblea litúrgica para participar activamente en ella, en especial a través del canto, son de esas tareas que no se puede dejar nunca de hacer. En esta materia nada está logrado de una vez para siempre, porque las comunidades cambian y evolucionan. Por eso, todo lo que hagamos para mejorar permanentemente el canto y la música de la liturgia, es invertir en la vivencia de una fe más auténtica y comprometida.
Para que cantar sea de verdad orar dos veces, no se puede improvisar. Hay que integrar como parte de la liturgia la promoción permanente de la música y el canto. No son un adorno de la liturgia, sino la misma liturgia expresada en una forma particular. “La música sacra será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica”, dice el Concilio (SC 112).
¿Podríamos esforzarnos en estos puntos?
• Cuidar la formación de los integrantes de los coros: que aprendan a tocar bien las guitarras y otros instrumentos como teclado, flautas, panderos, triángulos y otros. Invitar a quienes hayan estudiado música.
• En las asambleas grandes u ocasiones especiales, tener un director del canto de la asamblea.
• Trabajar las alternancias: solista/asamblea; coro/asamblea; varones/mujeres; lado derecho/lado izquierdo de la asamblea; niños/adultos; instrumentos solos/voces solas; etc.
• Renovar los cantos, pero con moderación: más vale cantar bien lo que sabemos, que estar todo el tiempo cambiando y aprendiendo cantos nuevos. Se pueden agregar cantos nuevos de acuerdo a los tiempos litúrgicos: un par en Adviento, otro par en Cuaresma, en Pascua, etc.
• Integrar piezas musicales para instrumentos solos, que son aptas para la comunión, la postcomunión o la presentación de las ofrendas.
• Ensayar regularmente con la asamblea los cantos conocidos, y por cierto los nuevos.

 

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