Temas de Formación

Los cuatro dogmas marianos (Segunda parte)

Los cuatro dogmas marianos (segunda parte)


Artículo escrito por Mons. Felipe Bacarreza, cuando era Obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Concepción, publicado en la revista "Nuestra Iglesia", diciembre de 1995, páginas 23-25.

En la última reflexión, decíamos que los dogmas marianos son cuatro, a saber, la Inmaculada Concepción de María, la maternidad divina, su perpetua virginidad y la Asunción de María al cielo. En esa ocasión examinamos los dos primeros; esta vez examinaremos la virginidad de María y su Asunción al cielo.

3. La perpetua virginidad de María

El modo habitual y espontáneo con que el Pueblo de Dios se refiere a María es llamándola "Virgen". Cuando se habla simplemente de "la Virgen" todos entienden que se está hablando de esa mujer particular que es la Madre de Jesús, porque ella es la Virgen por excelencia y esta condición le es esencial. Se suele hablar también de la Inmaculada, la Madre de Dios, la Asunta; pero el título que ha tenido más fortuna, el que se le atribuye más espontáneamente es el de Virgen María.

Nadie que se confiese cristiano y que venere las Escrituras como Palabra de Dios, en particular los Evangelios, puede negar que Jesucristo fue concebido virginalmente en el seno de María, por obra del Espíritu Santo y sin concurso de varón. Este punto está explícitamente revelado en el Evangelio. Conviene leer en qué forma:

"La generación de Jesucristo fue de esta manera: su madre, María estaba desposada con José y, antes de empezar a vivir juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José... resolvió repudiarla... El ángel del Señor se le apareció en sueños y la dijo: 'José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús'" (Mt 1,18-21).

El evangelista S. Mateo reconoce en este hecho el cumplimiento de una antigua profecía de Isaías que, según la lectura de su tiempo, hablaba claramente de una "Virgen":

"Todo esto sucedió para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: 'Ved que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel', que traducido significa 'Dios con nosotros'" (Mt 1,22-23).

Este texto es un testimonio de que los apóstoles del Señor y toda la comunidad cristiana primitiva reconocía en María a esa Virgen anunciada, y comenzaron a llamar a María simplemente "la Virgen". Por eso, este es su nombre más antiguo y espontáneo.

Pero María no fue virgen solamente en la concepción de su hijo Jesucristo, sino también durante su parto y perpetuamente después. El Catecismo de la Iglesia Católica lo enseña en una fórmula acuñada por San Agustín, pero que todo cristiano debe retener y creer como verdad de fe revelada, es decir, como dogma de fe:

"María fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen durante el embarazo, Virgen en el parto, Virgen después del parto, Virgen siempre: ella con todo su ser es 'la esclava del Señor" (N. 510).

Con razón se suele hablar de "la siempre Virgen María". Esto ha sido negado por algunas comunidades y grupos de hermanos evangélicos, quienes afirman que después del parto en el cual María dio a luz a Jesús, tuvo otros hijos de manera normal, es decir, con participación de varón. Y para decir esto alegan la referencia del Evangelio a los "hermanos de Jesús" (cf. Mt 13,55- 56). Quien adhiere a esa opinión se pone fuera de la Iglesia Católica y lesiona el misterio de Cristo, pues como hemos dicho, quienquiera que niegue un dogma de fe, manifiesta una comprensión errónea respecto de Cristo mismo.Virgen_Maria.JPG

En realidad, en el mismo Evangelio se encuentran argumentos suficientes para demostrar el error de esa opinión. En primer lugar, S. Mateo en su Evangelio y la Iglesia primitiva, donde estaban los apóstoles del Señor, no habrían llamado "Virgen" a una mujer que hubiera tenido otros hijos por medio de relación conyugal normal. Si María hubiera tenido otros hijos, Mateo habría dicho, al citar el oráculo: "Ved que la joven concebirá virginalmente y dará a luz un hijo". No dice esto, sino: "Ved que la Virgen concebirá..."

Pero además tenemos el testimonio directo del Evangelio de Lucas. Cuando el ángel Gabriel anuncia a María que concebirá y dará a luz un hijo, ella pregunta: "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc 1,34). Esa pregunta carecería de sentido en una mujer que no tuviera el propósito irrevocable de la virginidad perpetua. Lucas no habría podido escribir esa página y la Iglesia primitiva no la habría recibido como Palabra de Dios, si hubieran sabido que después de dar a luz a Jesús, María tuvo relación con varón y dio a luz otros hijos.

Es cierto que el Evangelio habla de los "hermanos de Jesús". Pero esta expresión hay que entenderla de otra manera. Se trata de parientes cercanos o vecinos del mismo pueblo que han crecido juntos desde la niñez. (Algo semejante ocurre hoy con la palabra "tía": no se sabe si es una hermana carnal de los padres o cualquier amiga cercana de los padres). El Evangelio nos presenta casos de hermanos carnales verdaderos, como es el caso de Simón Pedro y Andrés, de Santiago y Juan hijos de Zebedeo; pero no habla de una relación semejante de Jesús con ninguno de sus presuntos hermanos, y María no tiene relación de maternidad real con nadie más que Jesús en el Evangelio. Por eso, en la cruz, momentos antes de morir, Jesús la encomienda a Juan, cosa que habría sido extraña si ella hubiera tenido otros hijos.

La virginidad perpetua de María es un misterio de fe esencialmente relacionado con la identidad de Jesucristo. Quien no cree en el virginidad perpetua de María tiene una noción errada de Jesucristo, que no corresponde a la revelada por el Evangelio. Concluimos citando las palabras del Catecismo:


"El sentido de este misterio no es accesible más que a la fe que lo ve en ese 'nexo que reúne entre sí los misterios' dentro del conjunto de los Misterios de Cristo, desde su Encarnación hasta su Pascua" (N. 498).


4. La Asunción de la Virgen María al cielo

Una vez explicados los otros dogmas marianos, el dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma a la gloria celestial, es decir, sin que su cuerpo experimentara la corrupción, fluye como una consecuencia.


La declaración de que esta verdad pertenece esencialmente al misterio cristiano es el último dogma solemnemente definido por la Iglesia. Lo proclamó el Papa Pío XII, el 1 de noviembre de 1950 por medio de la Constitución Apostólica "Munificientissimus Deus". Citaremos la fórmula precisa:

"Después de haber elevado a Dios insistentes súplicas, de haber invocado la luz del Espíritu de la verdad, para gloria de Dios omnipotente, que ha colmado a la Virgen María de su especial benevolencia, en honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para mayor gloria de su augusta Madre y para gozo y exultación de toda la Iglesia, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, la de los santos Apóstoles Pedro y Pablo y la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos como dogma de fe revelado que: la Inmaculada Madre de Dios siempre Virgen María, concluido el curso de su vida terrena, fue asunta a la gloria celestial en alma y cuerpo" (Const. Ap. "Munificentissimus Deus").

La fiesta de la Asunción de la Virgen María al cielo la celebraba la Iglesia ya desde mucho antes el 15 de agosto. Los grandes santos que se destacaron por su piedad mariana, como fue, por ejemplo, San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), tienen hermosos sermones sobre esta verdad, pronunciados en esa fecha. Esta era una verdad que estaba ya muy entrañada en el fe del Pueblo de Dios. Con su definición solemne, haciendo uso de su magisterio infalible, el Papa Pío XII lo que hace es declarar que es una verdad revelada y que tiene una relación esencial con todo el Misterio de Cristo. Es lo que afirma explícitamente como conclusión de esa definición:

"Por tanto, si alguno -¡Dios no lo quiera!- osase negar o poner en duda voluntariamente lo que aquí ha sido definido por nosotros, sepa que ha defeccionado de la fe divina y católica" (Ibid.).

El Pueblo de Dios comprende que no podía sufrir la corrupción el cuerpo de la Madre del que es la Resurrección y la Vida; ve en María Asunta al cielo la meta a la cual se dirige toda la Iglesia y la situación en que se encontrarán un día todos los resucitados. Todo esto lo resume hermosamente el Prefacio de la Misa de la Asunción de María:

"Hoy ha sido llevada al cielo la Virgen, Madre de Dios; ella es imagen y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de tu Pueblo todavía peregrino en la tierra. Con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro, la mujer que, por obra del Espíritu, concibió en su seno al Autor de la vida, Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro".


+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de la diócesis Santa María de Los Ángeles

 

Facebook

O'higgins 1487 Chiguayante, Concepción - CHILE / Fono: +56 041-2361463