Sacerdotes

Presbítero Hernán Enríquez

El 24 de mayo próximo cumplo 22 años de ordenación sacerdotal. Fue Mons. Antonio Moreno quien me impuso las manos en el Templo Catedral de Concepción. Allí nos encontrábamos reunidos en un acontecimiento eclesial que determinaría para siempre mi vida. Fue una bella celebración en la que se hizo presente el clero, los seminaristas, la familia y los amigos.

HER.jpgDe este acontecimiento han pasado ya más de dos décadas y los sentimientos de alegría, conmoción y gratitud permanecen en mi memoria.

Alegría por recibir el ministerio sacerdotal, para el que me había preparado durante seis años en nuestro Seminario diocesano. Entendiendo que, si bien es cierto, esto no era llegar a la meta, si era un paso fundante en el camino que había elegido al sentirme llamado por el Señor al sacerdocio. Entendía en esos años -y también hoy- que el ministerio sacerdotal nunca es un fin, sino un medio supravalente, para caminar al encuentro con el Señor.Conmoción, porque alcanzaba a percibir que el camino que se iniciaba no era fácil. Cuestión para nada misteriosa, pero sí provocadora. Bastaba con leer el Evangelio para saber con certeza lo que podía venir o recordar el testimonio de los sacerdotes que había conocido. Sin embargo, esto no asustaba, por el contario, hacía más atractivo el futuro. Gratitud por ser Pbro._Hernan_1.jpgposeedor de un ministerio ciertamente inmerecido. No se trata de asumir una actitud de valiente humildad: "yo el peor de todos..." No. simplemente el tener la mínima comprensión de que recibía un sacramento por pura gracia, sólo por amor. Un acercarse al misterio da la claridad necesaria para entenderse regalado con un don extraordinario. En este sentido el evangelio de San Marcos es claro y definitivo: "llamó a los que él quiso" (Mc. 3,13)...por qué, no lo dice. Nosotros entendemos que por un amor particular.

Hoy, a 22 años del día de mi ordenación presbiteral, sigo dando gracias a Dios. Ciertamente el camino no ha sido fácil. Ha habido de todo: momentos de inmensa alegría, paz y satisfacción; momentos de tristeza, violencia y frustración. Gozo por tareas bien cumplidas, pena por otras inconclusas. Cariño compartido con los hermanos en el presbiterio, desazón por la falta de caridad que en ocasiones en ese mismo presbiterio experimentamos. Gratitud por las comunidades que nos ha tocado conducir y acompañar.

Hoy, a 22 años del inicio de un camino se servicio, no me queda más que dar gracias a Dios.

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