Seminaristas

Testimonio vocacional de Manuel Torres

Testimonio vocacional del diácono transitorio Manuel Alejandro Torres Burgos 

Al mirar hacia atrás mi vida, veo que "Dios ha sido mi Padre". Y un Padre lo único que busca con todas las fuerzas de su corazón es la felicidad de su hijo. Ese ha sido mi camino.


Manuel_T..JPGDesde mi infancia, mi madre y mi abuela me fueron mostrando la vida desde la fe. Ellas fueron "primer seminario", pues con ellas aprendí mis primeras oraciones; ellas me llevaron a la parroquia Santa María Madre de la Iglesia, un día 29 de noviembre de 1986, para nacer en las aguas del bautismo. Ese día fui hijo del Padre.

Mi búsqueda vocacional siempre ha estado orientada a la figura del Padre. En mi infancia veía con admiración a los sacerdotes de la Parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Su espíritu de trabajo, verlos rezar y celebrar las misas, su cercanía y cariño con nosotros que, en esa época, éramos niños de catequesis de primera comunión. No puedo olvidar el 7 de diciembre de 1997, porque ese día hice mi primera comunión, ese día le pedí el Señor la gracia de ser sacerdote, al modo de los Padres de Don Orione. Creo que el Buen Dios ese día tan grande me escuchó y me regaló la gracia de poderlo oír en mi corazón a lo largo de mi vida.

Los años de infancia y adolescencia que pasé en con los Padre de Don Orione han sido mi gran recuerdo y mi alegría. Agradezco los consejos del Padre Ángel Cantarutti al que pude hablar con seriedad y confianza sobre mi vida y mi deseo de consagrar mi vida al servicio de Dios y de su Iglesia. Su ejemplo de vida sacerdotal, la disponibilidad para la dirección espiritual y la confesión, su celo infatigable al atender su parroquia por medio de las misas y las misiones rurales marcaron mi deseo de abrazar algún día el sacerdocio. En él encontré a un verdadero padre y confirmé el deseo también de ser padre pero al modo de Dios. Uno que no olvida al perdido y que busca siempre a sus hijos para alegrarse con ellos.

Corría el año 2005 y empecé las jornadas vocacionales diocesanas. Asistí dos años a ellas con el objetivo de discernir este deseo. Me recibió en Adveniat, una tarde de viernes, el padre Alfonso Plaza. Conversamos un buen rato y me quedé (bueno... me dejó quedarme). Así comenzó otra etapa de mi vida. Ese año el padre Tomás Carrasco fue mi guía vocacional y una vez al mes me recibía en la parroquia San Diego de Tucapel (en ese tiempo era vicario) para conversar y compartir un fin de semana: entre misas y risas, largas conversaciones y bellos ideales, se fue fraguando el deseo. Ya no era un deseo infantil, veía con más claridad que era una opción real. Manuel_Torres_Burgos.jpg

Al comenzar el año 2006, conocí a las Hermanas Clarisas. Fui al monasterio a dejar un "queso" y pedí hacer un retiro de dos días. Ellas accedieron amablemente sin saber más que me llamaba Manuel y que quería ser sacerdote. Agradezco que ellas me hayan recibido, de ver como alaban al Señor con sus voces y sus vidas, su trabajo y plegaria silenciosa. En ese silencio oí la voz de Aquél que me llevó al desierto y me habló de amor... esa fue la primera vez que lloraba por este deseo... sentí miedo, confusión, pero quería arriesgarme a saber si era lo mío. Creo que el miedo más grande es no haberlo intentado, y de seguro me hubiese arrepentido. El descubrir la alegría del llamado ha sido la fuerza para enfrentar la vida. No hay miedo que no pueda ser vencido por la gracia de Aquél que me amó y se entregó por mí. Ese año don Mariano Aedo me invitó en el retiro de Viernes Santo a acompañarlo a hacer catequesis de Bautismo en Sagrada Familia, así conocí al padre Sergio Ortega y providencialmente me fui a vivir con él. Quería saber qué era esto de la vida de los curas diocesano. Fui, vi y me quedé ahí por tres meses. Muchísimas gracias por abrirme las puertas de la parroquia Sagrada Familia y las de una vida sacerdotal. Así pasé por otros tres meses más al Seminario Menor Buen Pastor para adquirir el hábito de la oración de la liturgia de las horas y la vida comunitaria con otros jóvenes que buscaban el sentido de su vida.

Postulamos al Seminario Mayor de la Santísima Concepción y el 12 de marzo de 2007, día de la muerte de San Luís Orione, ingresamos un grupo de jóvenes a esta aventura. Los años de formación han sido una gracia permanente. No hay palabras para agradecer lo que Dios ha hecho por mí gracias al Seminario. A los pies de la Virgen de los pobres cuantas alegrías, penas, triunfos y fracasos he dejado a lo largo de estos siete años. No me veo arrepentido de haber dado el paso. Los estudios, la vida comunitaria con otros seminaristas, la actividad apostólica que desarrollamos y, fundamentalmente, la vida espiritual orientada a una espiritualidad eucarística y con una profunda piedad mariana han sido los pilares en donde se construye el edificio de una vocación. Gracias por darme esa oportunidad.

 Palabras de especial gratitud les debo a mis amigos de la Fraternidad del Santo cura de Ars. Aquí, por medio la oración, el estudio y la convivencia, martes tras martes, por ya seis años, nos hemos ido impregnado de la imagen de aquel sacerdote de Ars que entregó su vida por la salvación de sus hermanos.

la_foto_5_Manuel.JPGAgradezco finalmente a las parroquias en donde he podido servir como seminarista: Natividad de María en Concepción, Cristo Rey de Laja y Nuestra Señora de Fátima, acá en Los Ángeles.

Las misiones en la cordillera, que desarrollamos los seminaristas todos los años en Ralco, con Don Felipe y el padre Oscar a la cabeza nos impulsan a dar la vida por evangelizar a todos. El ejemplo de celo apostólico de tantos sacerdotes y diáconos, de las religiosas y religiosos, las experiencias de trabajo de caridad junto con el Padre Gustavo Valencia fdp y con los niños del Cottolengo de Rancagua en las vacaciones de verano junto el Hno. Claudio Quintanilla ha ido forjando un perfil propio. Mi vida ha sido marcada por un deseo de caridad. Agradezco a Jupach y a Período Motivador el poder reencantarme con el deseo de estar y formar a los jóvenes: necesitamos testigos y Cristo te necesita.

Y he sido ordenado diácono el pasado 24 de noviembre día de Cristo Rey. Y lo que más recuerdo de ese día es mi misión: he dado la vida, para vivir en obediencia y castidad, con el fin de servir a Dios en los pobres y enfermos, en anunciar su Evangelio y predicarlo, en orar por el mundo. Cristo es Rey y su Reino es la caridad.

Y a ustedes estimados jóvenes les pido que no boten la vida, entréguenla al Señor y a su Evangelio, ofrézcanla con gozo para ser misioneros de la caridad de Cristo... que donde haya odio pongan amor, que donde haya duda ponga la fe, que donde haya tiniebla pongan la luz... que donde no esté Dios lo pongan en medio gracias a su vida ofrendada. Estamos llamados a ser testigos que griten desde los tejados que Cristo, nuestra esperanza, ha resucitado. Somos testigos de la esperanza.

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