Seminaristas

Testimonio Vocacional de Ricardo Quezada

“Sólo nos falta un simple “si” de nuestra parte para acceder al bien más pleno que podamos conocer”

Hola estimados amigos de nuestro sitio web, les saludo cordialmente y les invito a conocer un poco más sobre nuestra llamada a la vocación sacerdotal. Es por eso que en esta ocasión les quiero presentar cómo fue  que el Señor me llamó en lo cotidiano de mi vida.1.jpg

Mi nombre es Ricardo Andrés Quezada Betanzo, soy seminarista de la Arquidiócesis de la Santísima Concepción y actualmente estoy en el sexto año de formación sacerdotal, cursando el tercer año de estudios teológicos; tengo 24 años de edad y provengo de la Parroquia la Purísima de Lirquén. 

Mi familia la integran mis papás, Luisa y Pascual, y mis hermanos: Luis, Danilo y Natalia; soy el tercer hijo. Mis papás se casaron, pero están separados hace unos 15 años, lo que no significó una falta de preocupación de su parte. Ellos me entregan grandes valores hasta el día de hoy, los que conservo como un verdadero tesoro. Es gracias a esta situación en particular, que recibí la fe y fui descubriendo la llamada del Señor. Es mi mamá, Luisa, que nos acercó a la Iglesia junto a mis hermanos, íbamos a misa todos los domingos, en especial al mes de María, que es muy popular en la localidad. Sin embargo, el entusiasmo le duró poco, pero lo suficiente para que comenzara a ir por mi cuenta junto a las catequesis de primera comunión.

Durante mi asistencia a misa, un día el párroco me invitó a ser parte del grupo de acólitos, idea que me gusto de inmediato y que mis papás apoyaron. Con ello ingreso al mundo parroquial, conociendo amigos y personas. Encontré la fe verdadera, que daba respuestas a las preguntas que me hacía, respuestas que me iban asombrando cada vez más.

Mientras iba creciendo, mis papás continuaban con muchas dificultades, pero siempre tuve la seguridad, y no lo digo por cliché, que “alguien” me acompañaba en mi vida. Hoy me doy cuenta que era, y es, la presencia de Cristo en mi historia. Durante esos años egresé de la escuela Almirante Patricio Lynch de Lirquén, para continuar mis estudios en el Liceo Comercial de Concepción (INSUCO), allí estudié Administración. En ambos colegios conocí a grandes profesores que me inculcaron los valores y conocimientos necesarios para ir creciendo en la vida. 

 Mientras tanto, en mi nueva vida cristiana, iba descubriendo llamados que me hacían perseverar y comprometerme aún más. Recibí la confirmación el año 2001, con un nuevo párroco, el padre Hernán Enríquez, el que me invitó a asumir la responsabilidad de coordinador del grupo de acólitos, luego la pastoral juvenil y a trabajar como ACN. Él fue uno de los instrumentos fundamentales para mi discernimiento vocacional; me planteó claramente la pregunta: ¿Has pensado en ser sacerdote…? Recuerdo que no supe responder, y simplemente dije que lo pensaría. Con el paso de los días la pregunta comenzó a acompañarme en toda mi vida, en el liceo, en mi casa, con mis amigos, en la Iglesia, cuando estaba solo, siempre. Luego de haber estado en varias ocasiones esperando una señal, comprendí que el Señor me estaba mostrando su voluntad en las cosas sencillas y comunes de mi vida, pues el deseo ardiente de estar junto a Él y en las cosas de la comunidad parroquial (en los acólitos, en la pastoral juvenil, etc) me  gritaban diariamente su llamado a ser un hombre más comprometido con su misión a través de una vocación particular: el sacerdocio. Bueno, todo esto lo fui comprendiendo con el tiempo, pero es bello y asombroso ver cómo llama el Señor.5.jpg

Le comenté al padre Hernán mi inquietud y me envió a las jornadas de discernimiento, a la vez que conversaba  a diario con él. A todo esto, mis papás no tenían ni idea de mi discernimiento, no quería que se hicieran falsas esperanzas. Yo vivía con mi abuela, la que había enviudado hace algunos años, y que acompañaba a diario (en realidad era el que la hacía rabiar, trabajar y preocuparse, pero con eso ella era feliz). Bueno, durante esos años mi hermano Danilo se integró a la comunidad juvenil y al grupo de amigos que tenía; amistad que reveló mi proceso de discernimiento sin yo decirles. Éramos un grupo bien comprometido en la fe, con decirles que llegamos todos a participar de la misa diaria, ese era nuestro punto de encuentro y, antes de ir a alguna “junta” o fiesta, lo primero era ir a Misa.

Finalmente, en diciembre del año 2005, mientras realizaba mi práctica profesional en Puerto Lirquén, me llamó el padre Juan Carlos Marín, encargado de las jornadas vocacionales, informándome que me aceptaban en el Seminario y que debía ingresar en marzo del año siguiente para iniciar mi formación. Noticia que me cayó como balde de agua fría, pues en medio de mi felicidad, que como pocas veces había sentido, ya era hora de contarles a mis papás. Con mi mamá no fue difícil, pues luego de ponerse a llorar (como casi todas las mamás) me abrazó y me apoyó en la decisión; pero era el turno de mi papá, que fue más difícil, pues, como muchos, ya me había orientado en mi futuro profesional, en la carrera que debía estudiar y en la universidad que debía postular. Un día me sentó en el living de la casa y dejó que le contara, imagínense como fue mi nerviosismo que no encontraba palabras; finalmente, luego de un silencio y de una mirada fija, le dije “postule al seminario y me voy en marzo”, el silencio se alargó más de lo que esperaba y, luego de una larga platica y una serie de preguntas, accedió dándome su apoyo. 

Ingrese al Seminario un 13 de marzo del año 2006, donde me encontré con otros 10 jóvenes más con un mismo llamado a discernir su vocación, de los cuales hoy sólo quedamos 2, los demás, con el paso del tiempo, fueron descubriendo que el Señor les llamaba a otra misión. Hoy tengo aún contacto con muchos de ellos. En mi formación en el seminario he seguido descubriendo las maravillas de Dios, la persona de Jesucristo y el amor de nuestra Madre, la Virgen. Aún me queda un poco más, pero estoy seguro que la llamada que he recibido es un don de Dios que ha ido creciendo con el paso de los años. Me doy cuenta que todos los momentos que he vivido son signos del amor del Señor, que en ellos se manifiesta su querer y su compañía. Si tan solo nos detuviéramos un instante y descubriéramos en las cosas sencillas de la vida cómo Dios nos ama y nos invita a ser felices y perseverantes, nos daríamos cuenta que sólo nos falta un simple “si” de nuestra parte para acceder al bien más pleno que podamos conocer.

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