Hola. Mi nombre es Fredy Mauro Mellado Salinas, soy seminarista de la Diócesis Santa María de Los Ángeles, curso el quinto año (segundo de teología) de formación sacerdotal en el Seminario Metropolitano de Concepción. Pertenezco a la Parroquia Inmaculada Concepción de Antuco. Nací un 29 de febrero de 1988, soy hijo único en mi vínculo familiar directo, pero por parte de mi padre tengo 2 hermanos. Mi madre falleció en el año 1997. Mi vida ha sido como la de cualquier joven. Me bautizaron un mes después de haber nacido. El inicio a mi vida Eucarística comenzó en el año 1997, y recibí la confirmación en el año 2004. Participé del grupo de acólitos desde el año 1999 hasta el 2007, y fui miembro activo de la pastoral juvenil de mi parroquia. Mis estudios los curse desde kínder a cuarto medio en Antuco. Participe del centro de alumnos de mi liceo. Tuve buenos amigos y amigas, de los cuales con algunos todavía permanezco en comunicación. Pololeé y tengo muy bellos recuerdos de esos momentos. Siempre me gustó el área de las matemáticas, y me encantaba la tecnología, especialmente desarmar televisores, personal estéreo, etc. Gracias a la formación recibida desde pequeño destaqué mucho en el Liceo por mis calificaciones y por ello, adquirí algunas becas. El llamado a la vocación sacerdotal, fue completamente inesperado en mi vida y marcó un quiebre. Cuando se me planteó la vocación sacerdotal, por medio de mi párroco en ese momento (el Pbro. Sergio Ortega Ortega) estaba en un momento decisivo en mi vida: el gran salto de ser un estudiante de Liceo a uno Universitario. El Padre me invitó a participar de la jornada vocacional que se realiza una vez al mes en mi diócesis, para hacer discernimiento vocacional y fui junto a un compañero del grupo de acólitos a esta jornada durante algunos meses. Pero ocurrió que cuando llegó el momento de postular al Seminario Mayor, no volvimos a asistir más a jornadas, porque pensamos que lo dicho por el Padre, había sido algo impuesto, no descubríamos que Dios estuviera hablando a través de él, y al mismo tiempo nos dábamos cuenta que nunca se nos había pasado por la cabeza abrazar la vida sacerdotal. Además, tenía todas las facilidades como para seguir estudiando, casi de manera gratuita. Entonces, me dije: “Dios quiere que siga estudiando, porque se me están abriendo todos los caminos como para hacer aquello”. Y así lo hice, claro está, esa voluntad de Dios estaba movida a mi conveniencia. Mi familia, si bien es católica, nunca me planteó la vocación a la vida sacerdotal. Ellos querían mi felicidad, según su propia concepción y me motivaban a que siguiera estudiando una carrera profesional. Siguiendo ese proyecto personal que tenía mi familia, que también me había motivado bastante, -ya que pensaba que ahí se expresaba la voluntad de Dios-, postule a la Universidad. Es así como estudie la carrera de Ingeniería en Ejecución Electrónica en la Universidad del Bío Bío, por un semestre en el año 2006. Fue en este momento de universitario, cuando el llamado fue más fuerte. Ahora la vocación se manifestó de tres maneras, a las cuales no pude hacer oídos sordos: la primera de ellas, fue el amor a la Eucaristía. Cuando podía en los días de la semana me escapaba a misa a la parroquia Natividad de María. Cuando no viajaba por cosas de estudio a ver a mi familia el fin de semana, participaba el domingo de la Eucaristía en esta parroquia. En segundo lugar, fue la comunidad, pues como miembros de la Iglesia e hijos de Dios, somos portavoces de la voluntad de Dios, si permanecemos en su amor. Y muchos en la comunidad me decían: “usted tiene pinta de curita” y esas cosas. Finalmente, y la razón más fuerte que me llevó a tomar mi primera decisión por mí mismo, fue que estando en la pensión y solo llevando algunos meses en ella, una de las hijas de la dueña de la pensión me planteó la vocación sacerdotal y me dijo: “alguna vez has pensado ser sacerdote”. Estas palabras serían las que me llevarían a dar un vuelco en mi vida. Desde ahí, nace una nueva interrogante: ¿Qué es lo que quiere Dios en mi vida? Sí, todos nosotros queremos realmente ser felices, y buscamos la felicidad. Pero, pocas veces nos preguntamos qué es realmente lo que Dios me está pidiendo que haga. Además, me preocupaba el hecho de ser infeliz; de ser infeliz ejerciendo una carrera para toda la vida, como también el hecho de hacer infeliz a una esposa e hijos, pues sentía que si no discernía con responsabilidad en ese preciso momento mi vocación, tendría para toda mi vida la inquietud hacia la vida sacerdotal. No pude, otra vez, hacer oídos sordos a la voluntad de Dios, que se manifestaba de manera tan evidente, y me confié en la manos de Dios, para responderle sí. Los primeros momentos fueron un poco difíciles, porque cualquier persona necesita del apoyo de sus seres queridos para ir dando nuevos pasos, pero en los inicios ese apoyo no existió. Congelé la carrera, volví a Antuco, retomé las jornadas vocacionales, y se me invitó a integrarme al seminario menor. Durante ese periodo trabajé durante unos meses, y más tarde vinieron las postulaciones al seminario, con todo el proceso normal que ello dispone: carta de admisión al seminario enviada a Mons. Felipe Bacarreza R., visita al psicólogo, visita al doctor, y finalmente, la visita y conversación con los sacerdotes del seminario, que prestan el servicio de formadores. Es así, como el Señor me llamó. Es una vocación completamente inmerecida, pues me reconozco pecador, limitado y con muchos defectos. Pero, es en esos momentos cuando la Palabra de Dios resuena en mis oídos y me siento muy identificado con ella: “ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios” (1 Co 1, 27). Sí, que necios somos a veces, no entendemos que es Dios quien da la gracia necesaria para responder adecuadamente, para decir: sí. Un sí, que se quiere unir al Sí de la entrega generosa de la Virgen María: “hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38). El Señor llama, y de muchas maneras. También, te puede estar llamando a ti, y tú ¿qué le vas a responder?