Temas de Formación

UNA MISA QUE NOS CONDUCE A LA MISIÓN

 UNA MISA QUE NOS CONDUCE A LA MISIÓN
P. Guillermo Rosas ss.cc. / Doctor En Sagrada Liturgia

La liturgia exige la coherencia de vida.

      A veces uno escucha decir: “Yo no voy a misa porque la gente va a puro golpearse el pecho, y apenas sale a la calle anda pelando”, o frases similares. Y aunque quienes hablan así suelen ser personas alejadas de la Iglesia, de escasa formación religiosa y poco conscientes de su propia vivencia de la fe, hay en lo que dicen una verdad bien clara: uno espera que quien celebra su fe la trate de vivir coherentemente. Uno espera que quien “va” a misa todos los domingos, también “viva” la misa de lunes a sábado.
Es bueno hacerse cargo de este desafío. Es bueno recordar que la celebración de la fe supone la fe vivida en todas sus dimensiones y con todas sus consecuencias. Si realmente hubiera católicos que lo fuesen solamente durante la celebración de la eucaristía y luego, al dejar el templo, se olvidaran del compromiso que significa haber comulgado con el Señor, estaríamos mal. En realidad, nadie actúa así conscientemente. Lo que nos pasa a todos es que nos cuesta esa coherencia, y que nuestra vida ordinaria nunca es tan alegre, serena y fraterna como el rato que estamos celebrando la misa.
Por algo se dice que la eucaristía es un anticipo del Reinado de Dios, una imagen de ese banquete ancho y multitudinario donde la mesa estará –¡por fin! – puesta para todos, pobres y ricos, blancos y negros, amigos y enemigos. Cuando participamos de la eucaristía, estamos en cierto sentido viviendo ya ese banquete y experimentamos un amor por los hermanos y un deseo de paz, de justicia y de fraternidad que después, en la vida ordinaria, nos cuesta mantener vivo.
La palabra común para denominar la eucaristía, “misa”, está emparentada con la palabra “misión”, es decir con el envío de los creyentes a vivir su fe –esa misma fe que celebran y confiesan en la eucaristía–, en medio de la realidad concreta de la familia, del trabajo, de la cultura y de todo lo que constituye nuestro mundo.

“Misericordia quiero, no sacrificios”
Así como una misión sin misa sería un compromiso falto de raíz, de savia, de explícita relación con la fe, así también una misa sin misión es una celebración vacía, puramente formal, un culto como el que el profeta Oseas critica cuando dice: “Misericordia quiero, no sacrificios” (Os 6,6). La crítica de los profetas del Antiguo Testamento a un culto formal, vaciado de sus consecuencias morales, es contundente. Pone el dedo en la llaga de una tentación permanente de los creyentes: contentarnos con un cumplimiento externo, estereotipado, manejable de nuestra relación con Dios, y descuidar lo que realmente importa, aquello que el propio culto celebra y estimula: vivir de acuerdo al proyecto de Dios, sumándonos a su obra liberadora y plenificante.
Lo que Dios quiere es que construyamos un mundo según su voluntad y su proyecto de salvación. En ese empeño, la eucaristía es un momento clave. Desde los primeros tiempos del cristianismo, las comunidades lo entendieron así. Junto con compartir todo lo que poseían, celebraban, “con alegría y sencillez de corazón” (Hch 2,46), la cena del Señor que los unía en un solo cuerpo y los asociaba a su propia misión, a su propia entrega por la vida de todos. Liturgia, fraternidad y compromiso estaban unidos desde el principio en un solo acto de fe, en una sola vivencia del Evangelio.
Esta coherencia fundamental de nuestra vida sigue siendo un desafío permanente. Todos corremos el peligro de olvidar que la misa exige la misión y que la misión exige la misa. Sin alimento el cuerpo no puede vivir ni servir; sin fiesta nuestra vida se hace chata y pierde sentido; pero al mismo tiempo, sin empeño generoso y cotidiano para colaborar en la construcción de un mundo más justo, más pacífico, más alegre, sin esfuerzo por asimilar los criterios y actitudes del Evangelio y de vivir la fe desde los sentimientos de Jesús, sin un amor que desborda el momento y el lugar de la eucaristía para hacerse vivo en cada momento y en todo lugar, nuestro culto puede ser sólo “campana que suena o platillo que retumba”, como dice san Pablo en 1Co 13, 1.

En la huella del Padre Hurtado
Vale la pena recordar aquí unas palabras de San Alberto Hurtado, tomadas de varias meditaciones sobre la eucaristía: 
“El hombre quiere hacer cosas grandes por la humanidad; pero, ¿dónde hará cosas más grandes que uniéndose a Cristo en la Eucaristía?”
“El que quiere comulgar con provecho, que ofrezca cada mañana una gota de su propia sangre para el cáliz de la redención.”
“Después de la comunión, quedar fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo, ser Cristo para nosotros y para los demás: ¡Eso es comulgar!”
“¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!”

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